Te voy a contar lo que realmente ocurrió con esos platos. Resulta que con Manu, cuando nos fuimos a vivir juntos, decidimos comprarnos platos nuevos. Si bien había muchas cosas que nosotros teníamos que habían sido heredadas, o que las habíamos traído de lo de mi mamá, y algunas cosas que nos había regalado la suya, los platos son algo que quisimos ir a comprar y los elegimos juntos.
Nos fuimos a un lugar en el que hay mucha variedad y conseguimos estos platos de forma cuadrada, blancos, de vidrio, que se volvieron nuestros favoritos. Porque los habíamos elegido juntos y siempre nos gustaron mucho. De hecho, ya habíamos ido con la idea de tener platos cuadrados, quizás por ser un poco rebeldes, porque la mayoría de los platos son redondos. Entonces, estos platos empezaron a formar parte de nuestro día a día, nuestra cotidianeidad.
Estos platos, al ser muy bonitos, también los usábamos en las fiestas y en los cumpleaños. Además, no se marcan fácilmente y no se quedan muy sucios después de usarlos. Son fáciles de limpiar porque son de vidrio.
La verdad es que se volvieron protagonistas, salían en todas nuestras fotos porque estaban en los eventos, también porque con Manu nos gusta bastante cocinar, nos gusta la comida gourmet y nos gusta mucho “emplatar”.
Siempre que podemos, tratamos de emplatar de una manera bonita. Cuando cocinamos en casa, procuramos, o al menos intentamos, que nuestros platos se vean bien, que sean coloridos, que tengan la ramita de romero, la hojita de menta, la salsita decorativa. Entonces somos personas a las que estos platos les ayudaban y les acompañaban en su placer estético. Además nos acostumbramos a ellos porque hace ya bastante tiempo que vivimos juntos.
Pero ocurrió un día en el que estos platos dejaron de llamarnos la atención. En realidad, hay más detrás. Nos empezó a molestar tener que lavar los platos. Cada vez que los veíamos estaban acumulados en la mesada, o estaban todos juntos apilados en la pileta. No teníamos un muy buen hábito de organización de nuestra casa, entonces los platos siempre estaban por ahí, dando vueltas, y de a poco les fuimos tomando idea.
Les tomamos idea no porque ya no nos gustaran, no sé si no nos gustaban, sino porque los asociamos con algo que no estaba bueno, que era nuestro desorden. Los platos se nos acumulaban, los empezamos a dejar, como comentaba recién, en la pileta, en la mesada, y además teniendo seis platos y siendo solo dos, siempre nos quedábamos sin platos, al punto que usábamos todos los platos playos y terminábamos sacando los platos chiquitos, los de postre, para comer. Luego, complementamos con las ensaladeras, porque nos olvidábamos de lavarlos (o no queríamos en realidad lavarlos, no es que nos olvidábamos).
Como siempre además estaba esta excusa del tiempo. “Que estoy apurada porque tengo solo una hora de almuerzo, y gasté bastante tiempo cocinando porque no me organicé antes”, entonces como super rápido, descanso unos minutos, quizás me preparo un mate para no estar tan aletargada cuando vuelvo a mi jornada laboral, y claro, los platos quedan para la hora de la noche.
A la noche, vuelve a pasar lo mismo, porque la verdad es que te levantaste temprano, trabajaste en el día, quizás vino un amigo y estás hablando. No tenés tiempo de lavar los platos, o también quizás estás cansada porque trabajaste un montón, fuiste al gimnasio, fuiste productiva, y como premio: ¡lavar los platos! No está bueno, a menos que seas de esas personas que se relajan lavándolos (realmente espero algún día convertirme en ese tipo de ser).
Entonces, le empezamos a tomar bronca los platos, los teníamos siempre en uso, y no me acuerdo por qué, tampoco me acuerdo dónde: vimos que había de estos mismos platos que nosotros teníamos, pero en color negro.
No sé si los vimos en internet algún día, creo que los vimos en redes o en algún bazar cuando estábamos recorriendo para comprar regalos de navidad. La verdad no me acuerdo cuándo los vimos, la cuestión es que empezamos a mirar con cariño esos platos negros. Consciente o inconscientemente, los empezamos a buscar, y como ya saben, al cerebro cuando vos le decís “buscá algo rojo”, encuentra algo rojo. Así fue que empezamos a verlos por todos lados, cada vez a mejor precio. Hasta que un día estuvimos a punto de comprarlos, pero bueno, ahora voy a volver a eso con mayor detalle. La cuestión es que empezamos a ver nuestros futuros nuevos platos y curiosamente eran iguales (pero contrarios) a nuestros platos. Si nosotros queríamos un cambio verdadero, yo creo que realmente hubiéramos buscado algo mucho más diferente. Pero no, estos platos solo diferían en el color, el vidrio en vez de ser blanco era negro, sin más.
Haciendo memoria, me parece probable que tuviera que ver también con que estuvimos haciendo algunas comidas en las que la comida era de color claro, entonces con fondo negro se hubieran visto mucho más impactantes.
La cuestión es que empezamos cruzarnos los platos negros, deseándolos cada vez más. Pero teníamos un impedimento, y era que en general, no sé si por alguna costumbre, o si es una creencia, o nuestra manera de pensar, o la educación, la verdad es que si nosotros ya tenemos algo, ese algo nos gusta, es funcional y sigue estando en buen estado, no hay motivo para cambiarlo.
Comprar los platos negros teniendo aún los blancos, hubiera sido un motivo caprichoso. Un exceso. Más platos para limpiar. Entonces lo que definimos es que no íbamos a cambiar los platos blancos, porque estaban “bien”. Aunque nos gustaran los platos negros, supusimos que quizás con los platos negros nos iba a ocurrir lo mismo. Puro capricho. Entonces, definimos que no íbamos a comprarlos.
Perseguidos aún por los platos negros, en la realidad y en los algoritmos, un día habiéndolos agarrado en nuestras manos, estuvimos a punto de comprarlos. ¿Pero por qué? Porque los platos blancos, a pesar de que nosotros somos personas cuidadosas desde siempre, y no éramos personas a las que se les suelen romper las cosas, comenzaron a rebelarse, ofendidos.
Una tarde estaba lavando los platos, la verdad que ya no recuerdo si de mal o buen humor, pero es probable que de muy buen humor no, cuando, guardando algunas especias que había usado en la repisa, finalizando ya de lavar los platos, se me cayó el pimentero. Tengo un pimentero de madera, de estos que se giran para moler la pimienta, y se me cayó encima de dos platos. Se partieron al medio, los dos juntos.
Eso nos dejó con solo cuatro platos, porque teníamos la media docena original e invicta desde hacía ya ocho años. La cuestión es que a las semanas, a las dos semanas si no estoy exagerando, a Manu le pasó algo muy similar. Estaba lavando los platos, haciendo alguna cosa en esa área de la cocina, y nuevamente, se rompieron dos platos más.
Habiendo roto Manu dos platos, y yo otros dos, sospechamos que algo estaba pasando. Porque de alguna manera, quizás inconscientemente, estábamos rompiendo nuestros platos blancos porque queríamos los negros, o al menos, en el momento, esa fue mi elucubración.
La verdad que, no sé si ocurrió así o no, porque me asusta pensar que nuestros cerebros fueran tan asombrosos para elaborar tamaña causalidad. Lo cierto es que nos quedamos solo con dos platos.
Ante esto, como iba a visitarnos una amiga para comer un asado, nos preguntamos: ¿qué hacemos? Tenemos dos platos solos, ¿le vamos a servir la comida en un plato diferente? Manu recordó que teníamos guardados algunos platos vintage de mi mamá, que jamás los había usado (¿quizás esperando que se rompan sus platos antes?¿o no le gustaban?) y supongo que se los habían regalado para su casamiento o alguna celebración, porque era algo a lo que se acostumbraba, a juzgar por la cantidad de vajilla de notoria variedad estilística disponible en casa.
Esa noche estrenamos platos. Eran platos de vidrio, transparentes, con flores, pero bien diferentes, curiosos. Son originales, porque son platos que, si bien todos los platos playos son playos, lo son un poco más que lo usual. No tienen ese realce alrededor, lo que les da un look casi de bandeja. Decidimos comenzar a usarlos porque eso nos dejaba de nuevo en posición de personas que cuentan con su juego de platos completo. Ahora bien, la verdad es que cuando se fue nuestra amiga, al poco tiempo, volvimos a usar los platos blancos sin planteárnoslo.
¿Vamos a comprar los platos negros? La verdad es que nos lo seguimos preguntando. Tenemos los platos vintage, por las dudas, pero por ahora seguimos con los nuestros.
Es probable que compremos otros cuando no sea tanto por capricho, aunque no necesariamente esperemos a que sea una necesidad. Pienso que me gustaría cambiar los platos cuando realmente lo sintamos. Cuando realmente queramos platos nuevos, que se sientan como nuevos.
Quizás si estamos buscando cambiar algo y nos reprimimos por creencias que tenemos respecto de cuándo debemos cambiar las cosas, cómo hay que cambiarlas, o por qué hacerlo, puede que queramos que esas creencias y expectativas se cumplan para efectivamente habilitarnos a hacer el cambio.
Si yo realmente deseaba esos platos negros, los hubiera comprado. Pero yo solo veía como interesante la idea de tenerlos, entonces quizás mis platos blancos rotos me ayudaron a dilucidar si eso justificaba comprar los negros o si solo quería un cambio superfluo.
Esa es un poco la enseñanza que me dejó. Ojalá mis dos platitos blancos sobrevivan hasta que tenga nuevos platos, diferentes, que realmente desee. Definitivamente, no creo que sean los platos negros, porque sabrán a despecho.

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