El dolor más grande de ser poeta:
no tener nada que decir.
No decir nada si no se siente.
Sin palabras. Ausente.
¿Cuál es la función del poeta en el mundo?
¿Poetisa o poeta? ¿Poeta o escritora?
¿Quién precisa que escriba la voz de mi mente?
¿Quién más que yo, expulsándola porque ocupa demasiado lugar dentro?
¿A quién le aporta valor que venga yo a sentir en voz alta?
¿A quién sirvo?
Ser poeta, quizás distanciándose del "hacer" de la escritura, se asemeja más a una forma de existencia.
Una manera de mirar, de sentir, de traducir la realidad en algo que no existía hasta ese momento o que no se veía así. Un modo. Estar en modo poeta.
Quizás el poeta sea una especie de médium o canal entre lo tangible y todas las formas potenciales en que pueda ser inteligido. Un traductor. Codificador.
Un personaje que se dedica a recoger bruma de pensamiento y realidad, decide presentarla de forma atractiva dándole forma con palabras.
¿Sirve eso para algo más que para el poeta mismo? ¿Lo hace por deleitar o por necesidad? Quizás solo busca belleza.
De las poesías sin alma
Las poesías tienen su técnica, no voy a negarlo. Pero cuando solo se construyen desde la técnica, son como cuerpitos sin alma.
Perfectas en su forma, drenadas de su esencia. La diferencia entre una escultura y una impresión 3D.
Nada en ellas que realmente encienda una chispa, nada de combustible para nuevas emociones.
Pienso en la poesía como algo más que el dominio del verso y la métrica, como muchos lo han hecho ya, antes que yo. Encuentro la poesía en su música. En la grieta, el error, la herida, el destiempo, la humanidad filtrándose, como quien no quiere la cosa, entre alguna palabra descuidada.
Lo que no conmueve, no trasciende.
De los poetas como nodificadores en el caos
Dentro de las habilidades que pareciéramos tener, siento que, ejerciendo en lo cotidiano, nunca se nos da crédito por nuestra capacidad de ordenar ideas ajenas.
Nodificadores, tejiendo relaciones entre lo aparentemente inconexo. Traductores del desorden. Porque ante todo, incluso por encima de nuestro propio instinto de supervivencia, parece reinar nuestra pulsión por buscar mejora y belleza.
Atrapamos bodoques de pensamientos dispersos, los destilamos, trabajamos en procurar convertirlos en algo comprensible.
Cuando en los relatos caóticos de mi gente—en sus dolores, en sus problemas, en sus patrones—veo belleza, veo también caminos posibles, salidas airosas. Encuentro calma en la nueva arquitectura encontrada. Pienso cómo la belleza, en este sentido, se asemeja un poquito al orden.
Nodificar es un talento, uno bastante poético. Quizás de los pocos que me adjudico.
No solo basta con escribir. Se aspira a darle forma a lo que otros no logran decir. Cuando nadie dice nada, entonces, lo que aburre no es el silencio sino la angustia por la suspensión de este existir en modo poesía.
No sé si Borges era un hombre de fe
Las personas de fe no contemplanos los laberintos con pasión. Nuestra pasión está en el verbo. Recorrerlos. Aventurarse. Vencerlos. Sabemos que la salida existe. No porque la vimos, o suponemos que ha sido creada, sino porque creemos en ella.
¿Cómo podríamos no encontrar lo que sabemos que está ahí?
Borges no buscaba la salida. Su invitación era otra: rendirse ante el laberinto. Soltar la necesidad de escapatoria. El laberinto, suficiente en sí mismo. Sin salida, porque es innecesaria. Ideas más orientales.

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