Desde hace algunos días estoy leyendo Las casualidades no existen. Espiritualidad para escépticos, de Borja Vilaseca. No me considero una persona escéptica. Soy alguien para quien la espiritualidad es algo necesario, y le dedico bastante tiempo de mi existencia, pero que a la vez me genera un sinnúmero de conflictos.
Tengo conflictos metafísicos porque, hasta el momento, la mayoría de las prácticas en las que me he sumergido —de distintas religiones y corrientes filosóficas— me han servido. Todo sirve. Es como si mi “Sim” tuviera una barrita de “espiritualidad” que llenar y cualquier actividad le cayera bien. Por eso, cuando menciono que no sé en qué creo o que no me considero una persona de fe, la gente a mi alrededor duda tanto: “¿pero cómo, si…?”
En las páginas que avancé hoy, Borja dijo algo que me hizo detenerme: “La voz parlanchina que habita en nuestra cabeza tiene voluntad y vida propias. De ahí que estemos tiranizados por la mente y poseídos por el pensamiento.” Hace tiempo noté que esa voz, muchas veces, incluso era mi enemiga, ya que me alejaba de lo que conscientemente me había propuesto hacer. Lo novedoso es que él también señala que, además de esa voz (la mente), los pensamientos tampoco son generados por nosotros de forma consciente en general, sino que son, desde mi propio punto de vista, una especie de proceso generativo.
En términos de este autor, noto que vivo la espiritualidad como “viajera” y no como “turista” desde hace ya varios años. Antes de eso, solamente la estudiaba: me volví casi una académica de muchísimas corrientes y aprendí mucho sobre metafísica, pero sin encontrar respuestas ni sentir nada más que dolor, solo un vacío cada vez más profundo y angustiante. Ahora, experimento, porque todo lo que decido hacer en este sentido me hace bien (o no me hace nada).
Por ahora, el libro tiene buena pinta. Espero que me ayude a comprender un poco más cuál es mi posición al respecto. Me entusiasma ver cómo este enfoque de Borja Vilaseca podría aportar nuevas formas de entender mi propia fe —o mi falta de ella— y reconciliarme con esas voces que a veces me llevan a lugares que ni siquiera sabía que necesitaba visitar.

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